prótesis y cueros

Leandro de Martinelli

Andaba por el centro y me lo encontré a Lean. Lo invité a visitar una muestra que se inauguraba ese día en NN. Le dije que era sobre algo relacionado con el terror y nos pusimos a stalkear a Orkgotik. Su estética nos pareció super potente y escalofriante. Tomamos coraje y bajamos al sótano a ver qué pasaba.

Orkgotik, artista colombiano radicado en Argentina, se presenta en su página web como un “investigador de la nueva carne”. Se presenta en inglés, dice “new flesh researcher”. Le creemos. Si uno recorre su instagram se encuentra con un fashion horror show donde la cultura pop coge con el terror cosplayer y da cruzas nuevas. En su casa de expósitos se pueden ver mixturas entre Robert Mapplethorpe y Chucky el muñeco maldito, los monstruos de Helmut Newton pero criados en la deep web, el terror cósmico de Lovecraft vendiendo aspirinas, el universo spinetteano –es decir, la patria culturosa– como un demonio. Si bien la metáfora del monstruo ya está pasada por agua, la vuelta de tuerca en las esculturas en directo de Orkgotik es mostrarnos el ridículo monstruo de la cultura pop. Y no solo él disfruta de poner patas arriba la rumba del deseo y el consumo, también disfrutamos nosotros: nos pervierte. Es un degenerado que degenera. Investiga en la carne muchas otras cosas y el resultado son trapos, pelajes, vestiduras que, desde el terror, hacen sarcasmo de cosas que no suelen ser tópicos del género: el espectáculo, la argentinidad, el sexo y el espanto, sin la solemnidad de, por mencionar un pariente, Marilyn Manson. 

No obstante, no son esas criaturas las que aparecen en la muestra Toy to terror de NN sino un montón de prótesis y cueros que hacen buen match con el sótano de la galería, lugar especial para ser exhibidas. Para llegar a esta muestra hay que descender a las tinieblas de un edificio que se cae a pedazos. Ya lo hemos hecho en otras oportunidades, en otras muestras. NN tiene por tradición saber construir climas distintos en ese “espacio secuestro” y aquí aporta uno más: el del tren fantasma. Cuando se bajan las escaleras la dirección es un ruido: hay una instalación sonora, amenazante, que sale de una planta bulbosa. Al recorrido lo guían cueros colgados, ganchos, cadenas, unas manos con púas que recuerdan a las de Freddy Krueger. Por allá, del otro lado, hay un aguijón gigante con punta de metal. Por acá, una bola de carne está suspendida en el aire; la sostienen cuentas de rosario. Lo cierto es que este spin-off de la obra de Orkgotic cabe perfectamente en una convención de cómics; parecen un montón de efectos especiales sin los efectos especiales del arte contemporáneo. Uno puede hacer el esfuerzo –al fin y al cabo es la obra de Orkgotik y su curador es Diego Bianchi, un especialista en estas provocaciones–, pero el recorrido resulta más bien en lo que podríamos llamar “una investigación de la vieja carne”, la de las películas de Sam Raimi, de la carne global de la década del ochenta, del gore de papel maché, de la metáfora culposa, de la tortura a 24 cuadros, el etcétera del cine de género coreano. ¿Esto es nuevo para alguien? No estoy seguro. En la última edición de la feria de cómics Crack Bang Boom en Rosario había algunas instalaciones similares, hijas del mismo espectáculo del cine splatter, formas transitadas para cualquiera que tenga tiempo de sobra y una cuenta de Netflix. ¿Qué pasó acá? ¿Tendría que pasar algo? Miedo no, porque estas formas no remiten a la realidad sino a la ficción mencionada más arriba. ¿Confusión? Imposible, nada es confuso ahí, ya vemos todas las referencias, las conocemos, ni siquiera tienen firma, son de un género que acá se muerde la cola. ¿Descontento? Seguro. Uno llega con expectativas, con ganas de ver y pensar cosas y sobre el rojo sangre, el blanco total. La otra opción es que uno es bobo: esa es la salida no elegante del arte contemporáneo cuando no da en la tecla, cuando la muestra no alcanza o cuando el esfuerzo curatorial no puede. Entonces la falta queda del lado del espectador. Claro que esta premisa también puede ser una verdad. La muestra no es para vos, no es para mí. O la muestra construye un sujeto otro, va en busca de un espectador que no es usted. Es posible y aceptable. 

Pero no decliné el esfuerzo y, luego del primer recorrido decidí volver acompañado: llevé un espectador de diez años para ver si podía echar algo de luz. El efecto fue distinto y parecido: como era una muestra no narrativa –a diferencia de la Crack Bang Boom donde los monigotes de carne tienen un libro y varias películas detrás– este espectador se divirtió ligeramente pero se desentendió fácil y quiso pasar a la siguiente cosa. Clima de Italpark, de escape room, de película clase B, un espectáculo gratuito, un globo de ensayo, un paseo confuso. Hay algo de timba en el arte contemporáneo, la de poner cosas ahí a ver si los significantes copulan. Y a veces copulan un montón. Y otras veces copulan pero solo delante de algunos espectadores. Y otras veces duermen en camas separadas. 

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Leandro de Martinelli

Por Leandro de Martinelli

Licenciado en Comunicación Social (UNLP) y editor en Firpo Casa Editora. Autor de Plagar, el graffiti desde el Bronx a La Plata (Ed. Malisia, 2017), Breve historia del arte colgado en salas de espera (Bulk Editores, 2020) y Right Left (Oficina Perambulante, 2021).

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