una ternura furiosa
que contar

Catalina Featherston

No llegué al Club de Artes y Ocios (C.A.O.S), me quedé con las ganas de ver la muestra “Tengo una historia que contar” del archivo de Flor Sánchez y de participar en la fiesta que se armó después. Viendo las historias de Instagram, me dieron tantas ganas de haber estado que me contacté con Cati para que me contara un poco. Un par de días después me envió este texto que me transportó, como una foto más del archivo de Flor.

En el medio de la fiesta me fumo un pucho en el patio y, desde una ronda que bloquea el paso a la puerta, escucho a una chica preguntarle a su amigo ¿vos preferís pedir permiso o pedir perdón? No llego a escuchar la respuesta, ya empezó a tocar La Ira de Kali. Pienso: esta historia se cuenta sin pedir ninguna de las dos. 

El sábado 15 de octubre en C.A.O.S., esa casona hermosa y temible en Villa Elvira, tuvo lugar la exposición del archivo analógico de Flor Sánchez que va del 2008 al 2022. Digo tuvo lugar pero en realidad quiero decir una historia se hizo lugar para contarse. Ese día el clima fue hostil, pero a la noche construimos un refugio donde resistir lo terrible con una ternura furiosa.

Con la curaduría de Lucila Ortega y la colaboración de muchas manos amigas, las fotografías se desplegaron en distintos dispositivos de montaje: un textil sublimado, una bandera, una pintura en afiche, unos dijes-amuletos enormes y un pliego de papel intervenido colectivamente. Como dice Lu en su texto, estos dispositivos se desenvuelven como soportes físicos pero sobre todo como soportes emocionales. Las obras producidas y prestadas por les amigues de Flor presentan a las fotografías al mismo tiempo que dialogan con ellas; sostienen su inmenso archivo con esa amorosidad única que se despliega cuando nuestras amistades nos contienen.

Los textos que acompañaron la muestra, escritos por Lucía Álvarez, Juan Simonovich y Julieta Marra, acercaban ficciones trizadas que, como los flashes en las fotografías de Flor, parpadean en la oscuridad: imágenes-fragmentos de historias más grandes que no llegamos a percibir, como si sus palabras fueran secretos contados al oído en un lugar con mucho ruido.

Las imágenes me generaron la misma sensación cuando las ví. Cada fotografía parece un punto en una red extensa. Flor supo capturar con la cámara un momento agitado en un salto a los gritos, una carcajada fuerte en la cocina o un gesto de amor en una habitación llena de gente. Pero también supo insistir, a lo largo de los años, en ese registro apasionado que devino archivo, cuya existencia posibilita que aquella historia sea contada. 

Tengo una historia que contar trama un archivo en el registro de fiestas, recitales, afectos, desplazamientos agitados, búsquedas vertiginosas y alianzas urgentes. Tiene el compartir como núcleo fundamental, nació para ser comentado entre amigues, para ser compartido y festejado. La inauguración de la exposición logró llevar ese núcleo a la experiencia: Flor forjó un archivo y entre todes le hicimos una fiesta.

El piso de madera se movía de arriba abajo, acompañaba el balanceo de las decenas de pies que producían el movimiento. El sonido visceral de El pibe materia salía por los parlantes y entraba en los cuerpos llegando hasta las tripas, provocando movimientos eufóricos y violentos que se concentran y se expanden. Birras volcadas, mochilas saltando y empujones en la espalda; pisada tras pisada nos convertimos en un todo no homogéneo unido por esa fuerza que desarma los límites del cuerpo.

Creo que toda la exposición de inicio a fin fue un gran pogo donde las individualidades se perdieron para encontrarnos y construir un lugar que sea nuestro. Un lugar donde habitar la incertidumbre, la angustia, la bronca, la impotencia; vomitarlas, prenderlas fuego. Pero también donde crear lazos resistentes como el piso del Club o como cadenas que sostienen un corazón. Encontramos un hueco en el espacio-tiempo donde crear pactos de amor de vida de muerte sellados con una quemadura de pucho en la piel, con un beso con gusto a vino o con un abrazo fuerte y transpirado en el medio del agite.Tengouna historia quecontar consiguió que amigues, conocides y completamente desconocides nos sacudierámos y formáramos parte de ella. Nos recordó que aún ocupamos este pequeño pedazo de mundo.

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Catalina Featherston

Por Catalina Featherston

Sagitariana con venus en escorpio, nací en Tierra del Fuego y vivo en La Plata hace cinco años. Estudio Historia del Arte y Artes Plásticas con orientación Grabado en la Facultad de Artes. Me cuesta decir que soy artista pero no tengo otra forma de decir que hago muchas cositas: escribo poesía, hago fanzines, saco fotos y en sus cruces encuentro los medios para darle sentido a las cosas aunque no lo tengan.

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